32 años de Robocop y su profética visión del futuro

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A pesar de que el año 1987 en Chile aún reinaba la dictadura de Pinochet, lo que afectaba bastante la parrilla de estrenos cinematográficos gracias a la censura impuesta por las esposas de los generales, pudimos disfrutar de algunos de los estrenos más emblemáticos del cine de acción de la década. Duro de Matar, Depredador y Arma Mortal hicieron su brillante debut en la pantalla de plata. En ese panorama, existe un film que destaca no solo por su arriesgada propuesta visual y su tono de parodia, sino que por su capacidad de profetizar el futuro político y social del mundo capitalista y egoísta del siglo XXI. Esa película no es otra que la gloriosa Robocop de Paul Verhoeven.

Robocop fue concebida desde un comienzo como una parodia, una exageración y una proyección de las tendencias políticas existentes en Estados Unidos a finales de los 80, cuando ya la guerra fría comenzaba a decir adiós y aparecían nuevos enemigos de la “libertad” y el libre mercado. Claro, estaba el componente de ciencia ficción que era muy llamativo para los adolescentes y el público en general, pero lo que nos quería transmitir Verhoeven era una crítica ácida al sistema capitalista que imperaba en el país del norte, con un sistema corporativo que transformaba todo en un negocio en las mismas narices de la gente. Algo que parecía de ciencia ficción en la época y hoy es la norma: ciudadanos desinformados, sin ningún interés por el prójimo, con excesiva preocupación por la apariencia y el consumo.

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Verhoeven, holandés que también fue responsable de Bajos Instintos, era un provocador. De hecho, George Lucas lo consideró como director de El Regreso del Jedi. En la audición, el director tuvo la ocurrencia de mostrarle su primera película, Delicias Turcas de 1973. Una cinta llena de sangre y sexo. Nunca recibió la llamada de vuelta de George, pero si comenzó a forjarse oportunidades en el cine comercial norteamericano. Robocop fue la primera gran producción en dirigir, teniendo libertad creativa suficiente para conformar una obra con personalidad propia, alejada de su principal referente que era la Terminator de James Cameron.

Verhoeven siempre quiso utilizar la historia como una forma de retratar su visión de Estados Unidos. Una sociedad violenta y vacía, capaz de vender a su madre por conseguir el “sueño americano”. En la película, son los ejecutivos de OCP los villanos. Inescrupulosos, sin pizca de ética, con el único objetivo de generar toneladas de dinero a costa del ciudadano que al estar adormecido por publicidad engañosa y una visión del éxito relacionada exclusivamente al dinero y la ostentación, le dejaba hacer lo que quisiera. No podemos olvidar que la idea de crear a Robocop nace después de que la compañía compró los servicios policíacos de la ciudad de Detroit. ¿Es tan diferente a lo que vivimos hoy en Chile, con la salud y la educación privatizada a tal nivel que es casi inconcebible conceptualizarla como un derecho humano y un servicio público?

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Una parte brillante de Robocop son los comerciales que aparecían de manera esporádica en la cinta. A través de ellos el director parodiaba no solo el tono que ya vislumbraba la publicidad en esos días y que hoy alcanza su peak, sino que adelantaba situaciones como el calentamiento global. Uno de los más perturbadores era el de la mujer que indicaba que el debilitamiento de la capa de ozono y el calentamiento global “podrían alterar la piel”. La solución era un bloqueador factor 5000. Una espesa capa de material parecida a una plasticina que ocultaba todo su cuerpo. ¿Podemos decir hoy que aquello no aconteció finalmente?

Los noticiarios, que servían de enganche para plantear al espectador la realidad social en la que se desarrollaban los eventos, son aterradoramente similares a lo que vemos hoy. Programas orientados a generar más rating, que a veces parecen voceros del poder y controlado por las corporaciones, todo adornado con un estilo liviano propicio para el consumo de masas. Solo hace basta un vistazo y comparar:

¿Podría ser un mundo como éste pacífico? Claramente no. El ansia de poseer, la ignorancia y la pobreza son la fórmula que conlleva a la explosión de la delincuencia y la violencia. Por ello Robocop es una cinta tan sangrienta. Las esposas de los generales de la Junta de Gobierno, quienes decidían que ver y que no en esos años, seguramente no supieron leer el subtexto anti-capitalista de la cinta y la dejaron pasar. Pero no pudieron dejar de notar la sangre a raudales, por lo que le dieron una calificación para mayores de 21 años. Si, el año 1987 si tenías 18 podías sacar licencia de conducir, pero no tenías derecho a ver Robocop en el cine.

Verhoeven nos mostraba una violencia que lejos a lo que podíamos estar acostumbrados en el cine yanqui no dejaba lugar a la sutileza, mostrándose con toda su crudeza en ciertos momentos que forman parte por derecho propio de aquellos que mejor representan a la década de los ochenta.

Robocop se adelantó tres décadas al futuro y nos presentó de manera implícita una sociedad que solo es posible cuando el ciudadano vende sus derechos y se transforma en un consumidor desatado, infinitamente más preocupado de su libertad para comprar y ostentar por sobre asegurar cosas trascendentales como la educación o la salud. ¿Podría permitirse otra realidad mostrar a la fuerza policíaca comprada por una empresa y estar a punto de la huelga por los bajos sueldos? Y lo más preocupante, ¿de verdad estamos tan lejos de aquello? Y no estoy pensando en Estados Unidos, sino que en un país como Chile absolutamente entregado al mercado, en donde el propio Presidente de La República considera muchos de estos derechos como bienes de consumo.

Después de otros dos grandes éxitos, El Vengador del Futuro y Bajos Instintos, Paul Verhoeven desapareció del panorama de Hollywood. Cuando le ofrecieron la secuela de Robocop, se percató que los estudios no le permitirían ir más allá con su visión, por lo que la rechazó. Finalmente volvió a su natal Holanda para seguir filmando cine de autor. Así que podemos considerar su historia del policía parte hombre; parte máquina, un feliz accidente. Un rayo atrapado en la botella, una hazaña irrepetible.

Afortunadamente hoy podemos seguir disfrutando de un film que como toda gran película de ciencia ficción proyecta el presente hacia el futuro, uno en que el único faro de esperanza y ética es una maquina consciente que tiene recuerdos de que algún día fue humano. Como nuestra sociedad, que solo tiene vagos recuerdos que en algún tiempo eramos algo más que compradores compulsivos.

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