NETFLIX: La falsa nostalgia de Stranger Things 3

El cine y la televisión se pueden comparar con las artes culinarias. En ambos casos existen platos de primer nivel y también la chatarra. Algunos chef nos dan filete de primer corte, en su punto, una delicia. Otros nos dan papas fritas, de esas que se fríen en aceite reciclado de todo un día o más. Puede que sean muy ricas, pero claramente no es la mejor elección nutritiva. Pues bien, Stranger Things 3 es un gran y contundente plato de papas fritas comprado en un carrito de la calle.

La tercera temporada de la serie estrella de Netflix lleva al extremo su estilo, basándose -aunque el concepto más acertado sería copiar- en clásicos del terror y la ciencia ficción de los 80. Puede que aquello no sea un pecado, incluso si se hace bien se alaba. El problema de la serie cocinada por los hermanos Duffer es que lo hace sin sutilezas, casi rayando la parodia. Sin ir más lejos, uno de los villanos de esta temporada no es que se parezca a Terminator, es un clon que hasta se parece físicamente a Schwarzenegger (y no, no es un robot antes de que clamen por mi sangre los odiosos talibanes del spoiler).

En esta nueva tanda de ocho episodios se vuelve a romantizar de forma errónea la gloriosa década de los 80. Equivocada porque los que vivimos en esa época sabemos que los fanatismos no surgían de la nada, que los films que en la serie son consideradas de culto por los personajes fueron despreciadas en su época y adquirieron ese estatus décadas después. Stranger Things es la visión de una década con el prisma consumista cinéfilo actual, en que los fans de franquicias surgen de manera espontánea gracias a un ardid comercial y no por causal de la calidad de la obra. Sí, como Stranger Things.

Narrativamente, en esta temporada también se adopta un estilo narrativo que nace y se populariza en los 80, con tramas paralelas que desencadenan en un desenlace final. Y en ese apartado la serie cumple. Más allá de todo lo plástica o falsa que se percibe, es innegable que Stranger Things no falla en entretener. Como una papa frita, se digiere fácil y se olvida pronto, pero en el transcurso de casi ocho horas, es disfrutable.

Stranger Things es una serie menor, siempre lo ha sido. Sin una sola idea original que presentar, juega con una falsa nostalgia ochentera que al parecer funciona a nivel masivo y seguramente en el público objetivo de la misma que es aquél símil en la edad de los protagonistas. Pura comida chatarra que se disfruta pero que deja al espectador algo más exigente pidiendo un plato con mejor cocción.

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