En los 80 años de Batman recordamos las reflexiones de Stephen King sobre el murciélago

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Stephen King además de ser el autor de terror más conocido en la actualidad, es un gran fan de Batman, héroe de DC Comics que está cumpliendo estos días 80 años. En un ensayo publicado el año 1986, el escritos nos cuenta la razón por la que siempre escogió al murciélago. Aquí el texto:

¿Por qué elegí a Batman?

Cuando era niño, ciertas preguntas tenían que ser contestadas… o al menos discutidas, si hallarles una posible respuesta era imposible.

Una era si creías que en la Serie Mundial, la racha sin hits de Don Larsen era maestría, destino o simplemente una tonta suerte.

Otra se refería a lo que se encontraba dentro de las pelotas de golf. Es decir, todos sabíamos qué se encontraba dentro de la superficie blanca: millones de ligas. Pero había algo más en el exacto centro. Un líquido que muchos creían era el veneno más letal del planeta; otros consideraban era una sustancia tan peligrosa que te destrozaría los dedos al contacto, dejándo los huesos; y otros incluso la creían un explosivo que detonaría al contacto con el pavimento.

Estaba la pregunta del porqué los personajes de Disney llevaban guantes blancos. La pregunta de si siquiera existía un set completo de cartas verdes de Davy Crockett (las rojas eran simples de conseguir, pero las verdes eran peculiarmente escasas). La pregunta de si saldrías de cabeza en China si existiera la posibilidad de cavar un hoyo de aquí hasta allá por el centro de la Tierra.

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Eran las preguntas que se contestaban cuando tenías mucha pereza de nadar hasta la balsa. Solo te tirabas a reposar en la playa. O cuando caminabas a casa desde el campo de béisbol en un acalorado verano, con los pies quemándose dentro de tus tenis. O antes de dormir en los campamentos.

Y una siempre era ésta: ¿Prefieres a Batman o a Superman?

Yo siempre elegí a Batman.

Me imagino que muchos amigos míos no se acuerdan de los cómics ni de la pregunta, pero me alegro de contarles que yo jamás crecí. Solo me salió pelo en algunas partes de mi cuerpo y desarrollé una gran responsabilidad en el corazón, teniendo amigos que vivieron lo mismo: amamos a nuestra esposa e hijos, hacemos nuestros trabajos, pero también seguimos leyendo los cómics. Y yo todavía elijo a Batman.

Esto no es para decir que no me gustó Superman; permítanme decirles a todos los que aullan por mi sangre (incluyendo editores, escritores e ilustradores que darían sus vidas , honor y sus sagrados cheques por proteger la imagen y el buen nombre del Hombre de Acero) que me gustaba mucho. No podía no agradarte, porque era de los buenos (y, contrario a los pensamientos de algunos estúpidos de antes y de ahora, los niños se sienten naturalmente atraídos a los buenos… gracias a Dios) porque contaba con todos los geniales poderes, por tener un repertorio variado de enemigos para batallar (incluyendo el pequeñuelo con el impronunciable nombre -al que todos pronunciábamos Mixtaplic- y que para regresarlo a la cuarta dimensión debías engañarlo a decir Kingzlap o algo por el estilo), porque contaba con impresionantes amigos (como Perry White, quien era J. Jonah Jameson mucho antes de que el trepa paredes se graduara de los pañales a los pantalones).

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Pero había algo de Superman que siempre encontré un poco… déjenme ver. No decepcionante, eso no es lo que quiero decir, pero -esperen, lo tengo. Preordenado. Era muy fuerte para mí, demasiado capaz, quizá porque yo era un niño que usaba gafas gruesas, o tal vez porque el concepto de invulnerabilidad le daba una ventaja injusta (ser bueno siempre debe ser más difícil que ser malo). Tomen por ejemplo el súper aliento. ¿Es justo solo poder soplar a Metrópolis después de que Lex Luthor la hizo volar sobre el Atlántico con jets de poder nuclear? Quizá, pero yo, yo tenía algo de complicaciones con el concepto. Contaba con su Talón de Aquiles, desde luego, pero era (al menos hasta que los editores empezaron a confundir con Kriptonita roja, Kriptonita amarilla y quizá hasta la Kriptonita color pistache) demasiado pequeño.

Batman, sin embargo, era solo un tipo.
Un tipo rico, sí.
Un tipo fuerte, lo concedido.
Un tipo inteligente, apuesto a que sí.
Pero… no podía volar.

Pienso que eso formó mi preferencia más que otra cosa. Recuerdo los anuncios para la primera película de Superman (¿se acuerdan de la primera película de Superman, pandilla? ¿Allá en el pasado cuando el mundo era joven y los dinosaurios rondaban la Tierra?), los que decían VAS A CREER QUE UN HOMBRE PUEDE VOLAR. Bueno, yo no creía. No en la película y no en los cómics (irónicamente, lo más cercano que llegué a creer fue con su serie de televisión). Pero cuando Batman bajaba de una cuerda hacia la guarida del Joker o paraba al Pingüino de tirar a Robin en un recipiente de grasa en ebullición con un batarang muy bien lanzado, yo creía. No eran cosas habituales, les concedo eso amablemente, pero eran cosas posibles. Podía creer en un Justiciero Enmascarado que se columpiaba de cuerdas, lanzaba boomerangs con excelente precisión y conducía como Richard Petty intentando llevar a una mujer embarazada al hospital.

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El súper aliento era difícil de creer, pero alguien que conservaba un pequeño compuesto para disolver (para las laboriosas cuerdas con las que los pillos del mundo siguen insistiendo en atarte) en un compartimento de su cinturón, una linterna de alta potencia en otro y un anestésico en otro compartimento (Batman ponía personas a dormir con dardos especiales diez años antes de que se usaran para sedar animales salvajes o personas)… bueno, ese estilo de tipo era mi estilo de tipo.

Aunque recibió sus propios ejemplares, es Detective Comics lo que más relaciono con Batman en mi mente. Realmente era un detective; con las disque características de una aparente inmortalidad como las de los modernos superhéroes, esos hombres del Olimpo lo rechazaron. Tenía que ser un detective. No podía contar con un súper aliento para regresar Ciudad Gótica a su sitio original tras un crimen; debía detener al Acertijo o a quinquiera que fuera el villano antes de que accionara los jets de poder nuclear. Como Sherlock Holmes, Batman miraba los rastros que dejaban los malos; tomaba las huellas; sacaba muestras de cabello de la escena del crimen y tomaba testimonios. Tenía expedientes -también como Holmes- en la forma de operar de varios criminales. Buscaba patrones, sabiendo -como todos los grandes detectives- que si se encuentra un patrón, puedes estar esperando al villano en su siguiente parada. Batman vivía con su ingenio y combatió y desarmó -en ocasiones de modo brillante- a algunos de los mejores villanos jamás creados. Detuvo desde robos de joyerías hasta planes bien diseñados… Y conseguía vivir una vida alterna al mismo tiempo, esa de Bruce Wayne, prominente millonario. Recaudaba dinero, en los sesenta recaudó más inteligencia y hasta recaudó a un compañero, Richard Grayson.

Oh, y otra cosa. Quizá la real razón de por qué me agradaba más que el otro tipo.
Existía algo siniestro en él.

Así es. Ya me escucharon. Siniestro.

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Como la Sombra y el Hombre Luna de lo oscuro, como un vampiro (pero no como virgen, jamás pensé en eso, pandilla), Batman era criatura de la noche.

Desde luego, se le veía combatiendo crimen durante el día de vez en cuando, pero generalmente era una figura en las sombras o un hombre de sombría apariencia apareciéndose a través de una ventana en alguna hora de la madrugada, con su capa flotando como una gigante sombra. En esas viñetas de Batman entra a la fuerza, notabas casi siempre miedo en los rostros de los malvados a quienes estaba por jalar por el retrete, y yo siempre me identifiqué con esas expresiones. Claro, yo pensaba (y todavía lo hago), sentado junto a un árbol en el jardín, o en la regadera, o en el retrete (o, como niño, bajo las sábanas con una linterna). Así es, deberían verse aterrados. Seguro que yo estaría aterrado si algo de ese tipo me sorprendiera a la fuerza así. Tendría miedo aun si no hubiera hecho nada malo.

Su hora era la noche; las sombras eran su sitio; como el murciélago de quien tomó el nombre, él veía a través de sus manos, piernas y oídos. Como Bruce Wayne era jovial, distinguido, lleno de elegancia y encanto, un tipo fácilmente identificado en su biblioteca repleta de libros alineados con un vaso amplio de brandy en una mano y una botana en la cercanía. Pero cuando la batiseñal flotaba contra uno de los rascacielos de Ciudad Gótica (o tal vez la parte baja de una útil nube pasajera) una siniestra y seria criatura emergía de la baticueva. Le podías disparar y sangraría… podías darle un buen golpe en la cabeza y se doblaría (al menos por un instante), pero nunca, nunca podías detenerlo.

Desde la cancelación del poco placentero programa de televisión hasta el 82 o algo así, Batman vivió en las sombras. No solo como un personaje, sino también como un personaje ficticio que se publicó. Hubo una época, no me molesta compartirlo con ustedes, cuando me ponía a repasar los puestos de periódico con detenimiento (y algo emocionado) cerca de mitad de mes, seguro de que el Justiciero Enmascarado estaría desaparecido, un personaje que simplemente se desvaneció en el silencio y el pasillo de la oscuridad, donde creaciones increíbles como J’onn J’onzz, Manhunter de Marte; Plastic Man; The Blackhawks; Captain Marvel; y Turok, Hijo de Roca habían terminado antes que él.

Parece que estuve mal en preocuparme. Parece que no puedes derribar a un viejo murciélago.

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Durante los últimos cuatro años o algo así, una de dos cosas ha pasado: nuevos fans se han interesado en las hazañas de Batman o algunos de los viejos fans han estado tomando lugar nuevamente. De cualquier manera, el despegue en publicidad y las triunfantes ventas de The Dark Knight Returns de DC, quizá la más exquisita pieza de arte en un cómic jamás publicado en una edición moderna, parecieron asegurar el éxito continuo de Batman. Para mí, un gran alivio y un gran placer.

Quiero felicitar al Justiciero Enmascarado por su larga y valiente historia, agradecerle las horas de placer que me ha entregado y desearle muchos años más de un heróico deber de lucha contra el crimen.

Ve tras ellos, Tipo Grande. Que tu batiseñal jamás falle, que tu batimóvil jamás se quede sin la gasolina con la cual corre y que tu cinturón jamás se encuentre sin accesorios en un momento crucial.

Y por favor, jamás vengas a atravesar mi ventana en la mitad de la noche. Me darías un susto que probablemente me causaría una hemorragia… y además, Tipo Grande, estoy de tu lado.

Siempre lo estuve.

-Stephen King, 1986

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