Noches de insomnio: la Trilogía del Apocalipsis de John Carpenter

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Al diablo la realidad.

Desde muy niño me ha costado dormir temprano. Bien podría confirmarlo mi madre, testigo recurrente de cómo, en una noche cualquiera de semana, ya pasada la medianoche y cuando ningún canal nacional transmitía, yo seguía despierto en mi pieza leyendo cómics. Muchas veces en voz alta, como si el reloj marcara pleno mediodía.

Cuatro décadas después, el problema persiste. La diferencia es que hoy la oferta televisiva y del streaming no se agota cuando cae el sol. Y fue así como, hace un par de noches, cerca de las tres de la madrugada, me crucé con una pequeña joya del horror en la señal de HBO Plus: Al borde de la locura, del viejo y querido John Carpenter.

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John Carpenter junto a uno de sus hijos cinematográficos.

El insomnio hizo lo suyo. Aproveché la vigilia para reencontrarme con una película difícil de hallar hoy y que, incluso en su estreno, fue injustamente mal recibida. Injustamente, porque se trata de una de las obras más inquietantes dentro de una filmografía que ya de por sí incomoda. Mi temor no era infundado: al día siguiente busqué el título en Netflix y en HBO Go. No estaba. No existe. Tal como el pueblo fantasma repleto de criaturas de otra realidad que enloquecen a John Trent, el agente de seguros interpretado por Sam Neill. Pero de eso hablaremos luego.

Mientras avanzaba la película, recordé que Al borde de la locura es la última pieza de la llamada Trilogía del Apocalipsis de John Carpenter. Una trilogía no oficial, desarrollada a lo largo de trece años, que solo se revela al observar sus tres películas como un todo. No se trata de una teoría fanática desbordada —como aquella que conecta Breaking Bad con The Walking Dead—, sino de una idea real y confirmada por el propio director.

La trilogía está compuesta por La cosa (The Thing, 1982), El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) y Al borde de la locura (In the Mouth of Madness, 1995). Son filmes separados por el tiempo, con estilos, presupuestos, repartos y guionistas distintos. A primera vista, no parecen tener nada en común. La pregunta es inevitable: ¿qué las une?

La respuesta es simple y perturbadora: H. P. Lovecraft. O, más específicamente, su concepción del horror cósmico. El escritor dejó escrito que “todos mis cuentos están basados en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones de la humanidad no tienen validez alguna frente a la vasta totalidad del cosmos”. Carpenter, declarado admirador de Lovecraft, nunca había sido tan explícito como en Al borde de la locura, pero el germen del horror cósmico atraviesa las tres películas: amenazas incomprensibles, apocalípticas, no solo para la humanidad, sino para la conciencia misma y la idea del “yo”.

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H.P. Lovecfraft.

Todo comienza en 1982 con La cosa. Sangrienta, paranoica, grotesca, presenta una entidad alienígena capaz de absorber, imitar y reemplazar cualquier forma de vida. No es solo un extraterrestre: es algo ajeno a toda biología conocida, imposible de comprender desde la lógica humana. Estrenada apenas una semana después de E.T., la película estaba condenada al fracaso comercial y al desprecio crítico. Hoy es un clásico indiscutido.

Más allá de su amenaza explícita —una simulación estima que la humanidad sería asimilada en 27.000 horas—, lo verdaderamente aterrador es la anulación del individuo. La pérdida de identidad. La certeza de que el “yo” es frágil, prescindible y fácilmente borrable. Ahí aparece, por primera vez, el verdadero horror cósmico de Carpenter.

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El amigo de E.T.

Cinco años después, El príncipe de las tinieblas profundiza la idea. Si La cosa introduce el concepto, esta segunda entrega lo desarrolla. La historia gira en torno a un líquido verde oculto en el sótano de una iglesia y custodiado durante siglos por una secta secreta. Se trata de una fuerza viva —identificada como Satán— cuya liberación amenaza la existencia misma.

Aquí, Carpenter cruza ciencia, religión y horror: Jesús es presentado como un visitante extraterrestre que intentó advertir a la humanidad, y la Iglesia como una institución diseñada para ocultar la verdad. El mal deja de ser una metáfora moral y se revela como una mente universal, un Anti-Dios que avanza silenciosamente. Una vez más, la identidad humana es vulnerada: los cuerpos son poseídos, la voluntad anulada, la humanidad despojada.

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Antes del líquido verde, ella era muy dulce.

El cierre llega con Al borde de la locura, donde Carpenter ya no se guarda nada. Es su homenaje más directo a Lovecraft. El personaje de Sutter Cane, escritor de terror, funciona más como una antena que como un autor: capta mensajes de entidades ancestrales que existen más allá de la realidad. Al escribir, Cane altera el mundo. La ficción se vuelve contagiosa y la humanidad comienza a desmoronarse.

Contratado para encontrar al escritor desaparecido, John Trent cree estar frente a un fraude. Se equivoca. Carpenter construye un clima de inestabilidad constante, una incomodidad que el protagonista se niega a aceptar, pero que el espectador siente desde el primer minuto. “Cuando la gente pierda la capacidad de distinguir entre lo real y lo falso, los Antiguos comenzarán a regresar”, advierte Cane. Y así ocurre.

Si en las dos primeras películas el apocalipsis era inminente pero aún evitable, aquí se consuma. La realidad se rasga, los Antiguos regresan y la humanidad se diluye. Al final, Trent parece ser el último humano consciente en un mundo que ya no lo es. Entra a un cine donde se proyecta Al borde de la locura: la película que narra exactamente lo que acaba de vivir. La cordura se cierra por fuera. La duda ya no es sobre el mundo, sino sobre su propia existencia.

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Todavía no pasa nada y ya estamos gritando.

Vista en conjunto, la trilogía traza una escalada perfecta hacia la locura total. Carpenter construyó, sin declararlo oficialmente, una de las visiones autorales más coherentes y perturbadoras del horror moderno. La pregunta final queda flotando: ¿fue todo idea suya, o simplemente estaba escuchando algo que venía de más allá?

Mejor no saberlo. Mejor apagar la luz —si es que se puede— y disfrutar de una trilogía que demuestra que, a veces, el verdadero terror no está en los monstruos, sino en comprender lo poco que importamos.

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Está buena la peli. Espera…¿no soy yo?

(*)El concepto de la Trilogía del Apocalipsis fue tratando profusamente por Orrin Grey el año 2011 en la revista Strange Horizons, a weekly speculative fiction magazine.

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