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Existen películas que te insultan como espectador. Te escupen en la cara, te apuntan con el dedo y se burlan del incauto que osó comprar una entrada y destinar dos horas de su vida en bodrios cinematográficos. En mi caso, jamás he podido olvidar la afrenta de Joel Schumacher el año 1997, con esa basura llamada Batman y Robin. Si, esta cuestión es personal por varias razones que procedo a explicar.

Siempre he sido fan del hombre murciélago, principalmente de sus aventuras en papel. Por varios años soporté que el principal referente popular del personaje fuera la serie de Adam West de los años 60. Antes de que clamen por mi sangre, no menosprecio dicha obra, respondía a otra época y otra sensibilidad. Pero quienes disfrutábamos de los cómics, sabíamos que hace mucho rato esa mirada había quedado atrás, para dar paso a un personaje muy interesante desde el punto de vista narrativo como psicológico. Su peak en el noveno arte lo alcanzaron Alan Moore y Frank Miller con las aclamadas La Broma Asesina y El Regreso del Caballero Oscuro. Dos obras que estaban muy, pero muy lejos, del bati-repelente de tiburones.

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La versión de Tim Burton el año 1989, y su espectacular secuela el año 1992, le devolvieron a Batman la dignidad. No solo en lo que respecta al cine, sino que también en el público general. Ya se podía hablar en serio de Batman, sin que algún listillo tarareara la clásica intro de la serie de T.V. y lanzara algún chiste al respecto. Claro, ninguna de las dos películas eran un fiel reflejo de la historieta, pero eran al menos buenas películas y muy buen entretenimiento.

Pero Burton fue muy lejos con Batman Vuelve del año 1992. Su estilo visual le terminó costando dinero a Warner Brothers, ya que astutos padres que no saben distinguir la realidad de la ficción, reclamaron porque los juguetes derivados del film eran muy oscuros, atemorizantes para los peques. Todos sabemos que gran parte de las ganancias de una películas vienen de la venta de juguetes o cualquier otro derivado. Así que sin asco alguno, y a pesar de las ganas de Burton de volver, le quitaron el proyecto de la tercera película, que terminaría llamándose Batman Forever.

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El nuevo director de Batman sería Joel Schumacher, un ex diseñador de vestuario que trabajó para Woody Allen. Fue precisamente el realizador de Annie Hall, hoy persona no grata debido a las acusaciones de abusos de menores que pesan sobre su cabeza, el que le dijo a Joel que en realidad cualquiera podía ser director. Así que simplemente se aventuró y logró posicionarse como realizador, teniendo como cartas de presentación Generación Perdida y Línea Mortal. Dos películas para adolescentes que, seamos sinceros, funcionaron bastante bien y lograron un sitial importante en ese nicho.

Batman Forever (1995) no fue un completo desastre, pero si mostraba signos de retroceso. Por arte de magia, apareció el color por todos lados. De una Gótica oscura, deprimente y recargada, pasamos a una que parecía un desfile circense permanente. Val Kilmer tomo el manto del murciélago después de que Michael Keaton rechazará el rol tras encontrar el guión horrendo. Y sí, es una película tonta. Batman retrocedió varios pasos en su nivel intelectual, los villanos Dos Caras (Tommy Lee Jones) y El Acertijo (Jim Carrey) eran copias deslavadas de El Guason, tanto así que era imposible diferenciarlos en actitudes. La inclusión de Robin (Chris O’Donnell) fue la gran novedad de un film que con esfuerzo no naufraga del todo. A pesar de la obsesión de Schumacher de mostrar primeros planos del los culos de Kilmer y O’Donnell.

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Pero el insulto final, la debacle, la palada definitiva contra la dignidad de Batman llegó dos años más tarde. Después del éxito comercial de Batman Forever, Warner dio luz verde para una cuarta película (no olvidemos que este es el mismo universo que inició con Tim Burton), entregando absoluto control creativo a Schumacher. Seguramente les encantaron los primeros planos de culos. O los batipezones en el traje, anda a saber. Val Kilmer no regresó y el rol lo tomó George Clooney. Se sumó Alicia Silverstone como Batichica, Uma Thurman como Hiedra Venenosa y Arnold Schwarzenegger como Mr. Freeze, un villano menor y en desuso en los cómics.

Joel pensó que era una buena idea que Bruce Wayne o Batman adquiriera un tono más ligero. Que ya era tiempo que superara el asesinato de sus padres, baleados por un ladrón frente a sus ojos. Daba lo mismo que la no superación de ese hecho es la que justifica la existencia del héroe, y que de superarlo ya no sería necesario salir por las noches a buscar venganza. Pero para el bueno de Joel eso carecía de importancia.

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Batman y Robin no pierde el tiempo a la hora de dejar claro que no sólo no se toma en serio a sí misma, sino que se hace tanta gracia que se ríe de sus propios chistes. Para el horror de este humilde fan, que con ansia pagó su entrada para ver su estreno en el extinto Cine Rex de Rancagua, este es el primer diálogo de la película después de un par de primeros planos de culos, paquetes y pezones:

Robin: Quiero un coche, a las chicas les encantan los coches.
Batman: Por eso Superman trabaja solo.
Alfred: ¡Cancelaré las pizzas entonces!

Esta película no es ningún accidente, ningún error. Es la película que Schumacher quería. El realizador explicaba en las entrevistas previas al estreno que su principal misión era entretener al público. A cualquier precio, incluso utilizando una narrativa que hace del film algo ridículo. Las principales instrucciones de Schumacher en el set a los actores eran “¡más cartoon! ¡recordar que esto son dibujos animados!” Si ponen oreja, hasta pueden escuchar efectos tipo looney tunes en algunos pasajes de la película.

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Es así como Joel puso en pantalla a un Batman patinando en el hielo, deslizándose por un dinosaurio gigante y con voz casual, que no se diferencia para nada de la de Bruce Wayne, saluda a Mr. Freeze con un estúpido “Hola Freeze, soy Batman”. Seguramente era muy fácil confundirlo con Linterna Verde o el Zorro, ¿verdad? Y estamos hablando de los primeros diez minutos de película. La incredulidad de quien escribe solo se acrecentaría con el correr del nefasto metraje. Hasta la llegada de la bati tarjeta de crédito.

No olvidemos jamás esto. Schumacher quiso que Batman portara una tarjeta de crédito, para comprar en cualquier momento. Con caducidad de “Forever”.

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La llegada de Batichica, sus diálogos mal escritos y peor actuados por Alicia Silverstone, sacaban carcajadas ya no solo en los fanáticos, sino que también en el público casual. Uno que, lastimosamente, era más exigente que el actual.

Para ponerle más pelos a la sopa, Mr. Freeze concreta 31 juegos de palabras con “frío”, “hielo” y derivados en el transcurso de la película. De 81 frases que tiene en total. Joyitas como estas: “¿Sabes qué mató a los dinosaurios? ¡La edad de hielo!”, “permíteme romper el hielo, mi nombre es Frío, apréndetelo porque será el sonido helado de tu perdición”, “la predicción de esta noche es… ¡se avecina una helada!”, etcétera.

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Para mala suerte de Joel, algo pasó entre el estreno de Batman Forever y la insultante Batman y Robin. Eso fue el nacimiento de los sitios web especializados en cine, con críticos que analizaban las películas sin colocarse por encima del espectador, sino hablándole con sus mismos códigos. Algo muy común hoy, pero muy innovador en la época. Y estas webs no le perdonaron a Batman y Robin que convirtiese la franquicia en una basura intragable.

Para ellos fue una falta de respeto evidenciada en los bati-pezones, los bati-culos y los bati-paquetes. El culpable estaba claro: no se derribó al guionista, ni a los ejecutivos, sino a Joel Schumacher. Pero también se destapó parte de la estrategia comercial de los estudios de cine, específicamente de Warner, dando a conocer la palabra “toyetic” (que podríamos traducir como “juguética”), que es el adjetivo que en Hollywood llevaban años utilizando para definir el potencial de una película como generadora de juguetes.

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Es el momento de recordar que para Warner, la visión de Burton no daba buenos juguetes. La elección del reparto se basaba en dos estrellas de moda para captar el interés de los adolescentes (Silverstone y Chris O’Donnell) , un galán incapaz de recitar ningún diálogo sin menear la cabeza (George Clooney) y una superestrella de acción (Arnold Schwarzenegger) . Todo muy bonito desde el marketing. Muy terrible desde el punto de vista del cine.

Tras ver correr a Batman, Batichica y Robin en el cierre de la película, no pude evitar levantarme y en un acto irracional, levante el brazo y ejecuté un silencioso pero potente insulto hacia la pantalla, con la esperanza de que traspasara el tiempo y el espacio hasta abofetear el delicado rostro de Joel.

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Batman y Robin nunca pretendió ser una película sino, tal y como la definió Chris O’Donnell, “un anuncio de juguetes”. Una aventura histérica que convirtió la Gótica industrial y expresionista de Tim Burton en una discoteca en la que todos están arriba de la pelota. Fue, por supuesto, un fracaso comercial. Warner canceló una quinta entrega llamada Batman Triunfante y puso a dormir al hombre murciélago por casi una década. Hasta que un tal Christopher Nolan lo rescató del averno colorinche de Joel.

Más de dos décadas después, Joel sigue pidiendo disculpas. “El público era más inocente entonces” se excusa. “La gente quería ver a un Batman para toda la familia. Pero si ves la trilogía de Nolan, con sus conflictos económicos y de clase, percibirás cómo el público ha cambiado, y ahora acepta y desea historias más oscuras”. Clooney, de tanto en tanto, también lo hace. Y reconoce que seguirá pidiendo perdón hasta el fin de su carrera, incluso después de ganar un Oscar.

Batman y Robin (que está en Netflix) puso en coma al cine de superhéroes, mismo sub género que hoy repleta las salas de cine. Aunque queramos olvidarla, con desesperación a veces, lo cierto es que la cinta de Schumacher es parte importante del mito de Batman. Un ejemplo de como no hacer las cosas y de que incluso el público más condescendiente tiene límites.

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