Spider-Man Brand New Day: bajo la máscara, por fin aparece Peter Parker

Spider-Man: Brand New Day consigue aquello que las tres películas anteriores protagonizadas por Tom Holland nunca pudieron —o quisieron— alcanzar: una personalidad propia. Sigue conectada al Universo Cinematográfico de Marvel porque existen compromisos comerciales, personajes compartidos y futuras producciones que promocionar, pero es la entrega más “independiente” de la tetralogía. Las comillas son necesarias: ninguna obra fabricada dentro de esta maquinaria multimillonaria puede desprenderse completamente de ella.

La historia comienza después de los acontecimientos de No Way Home. El mundo ha olvidado la existencia de Peter Parker, quien combate el crimen a tiempo completo mientras observa cómo MJ y Ned continúan con sus vidas sin recordarlo. Aislado y sin una red afectiva, el joven intenta construir una nueva identidad, pero la presión emocional comienza a provocar una transformación que escapa de su control. Al mismo tiempo, Nueva York enfrenta una amenaza capaz de poner en peligro a quienes todavía ama, aunque ellos ya no sepan quién es.

El cambio de director fue un acierto. Jon Watts condujo las tres entregas anteriores con eficiencia industrial, pero sin imprimirles un tono reconocible. Podrían haber sido filmadas por cualquier realizador funcional contratado por Marvel. Destin Daniel Cretton tampoco convierte Brand New Day en una obra autoral ni desafía seriamente los límites de la franquicia, pero al menos aporta algunas ideas interesantes en los encuadres, utiliza mejor los espacios urbanos y se preocupa de que Nueva York vuelva a ser algo más que un fondo digital.

La ciudad recupera su importancia narrativa. Peter se desplaza por calles, edificios, estaciones y barrios habitados, en lugar de quedar atrapado en laboratorios, dimensiones alternativas o interminables escenarios generados por computadora. Esa materialidad permite desarrollar una historia más terrenal, incluso cuando la trama incorpora poderes desbordados y las inevitables conexiones con otras producciones. Por primera vez en esta etapa, existe la impresión de que Spider-Man protege un lugar concreto y no solamente la continuidad de una marca.

Lo más valioso, sin embargo, se encuentra bajo la máscara. Los cómics siempre han mostrado el peso emocional que implica ser Spider-Man, aunque no todas sus adaptaciones han conseguido expresarlo con la misma profundidad. Aquí el sacrificio deja de ser una consigna heroica y adquiere consecuencias psicológicas. Sin perder el tono ligero característico del personaje —esto no es Batman, por Dios—, la película permite que Parker enfrente la soledad, la pena y la ansiedad generadas por una vida en la que nadie puede reconocerlo.

Tom Holland responde con una interpretación madura y empática. Conserva la energía física, el humor y la torpeza cotidiana del personaje, pero incorpora un desgaste que antes apenas aparecía entre las bromas y el espectáculo. Su Peter no duda únicamente sobre cómo derrotar al enemigo; también intenta decidir si todavía vale la pena acercarse a otras personas cuando sabe que su presencia puede destruirlas. La máscara ya no representa solo responsabilidad, sino también una forma de aislamiento.

Ese arco encuentra un reflejo en la incorporación de Sadie Sink. Todos sabemos a quién interpreta, pero siempre puede aparecer algún despistado acusando un spoiler, así que la llamaremos Juana. La recién llegada funciona como una especie de Spider-Man más joven desde el punto de vista emocional: posee habilidades extraordinarias y carga con heridas difíciles de procesar, pero carece de la contención que Peter recibió de su tío Ben y, especialmente en esta encarnación, de la tía May.

Juana no es simplemente una acompañante diseñada para anunciar otra película. Su vínculo con Parker permite observar dos respuestas distintas frente al abandono. Él aprendió a contener el dolor detrás del deber; ella lo exterioriza con impulsividad, rabia y desconfianza. Sink aprovecha esa tensión y construye un personaje que seguramente dará que hablar. El problema es que la cinta también debe presentarla como una pieza importante del futuro de Marvel, por lo que algunas decisiones parecen responder más a la planificación corporativa que a las necesidades de esta historia.

En el último tercio surge una semejanza demasiado evidente con Superman Returns, la película dirigida por Bryan Singer en 2006. La estructura del conflicto, la forma en que el protagonista enfrenta una amenaza superior y determinadas decisiones asociadas al sacrificio reproducen casi calcadamente aquella propuesta. La referencia resulta llamativa porque ambas producciones intentan humanizar a un personaje prácticamente indestructible mediante el sufrimiento físico y la renuncia personal. No arruina el desenlace, pero cuesta ignorarla.

Curiosamente, los momentos más débiles son aquellos que probablemente recibirán más aplausos de los fanáticos. La aparición de Hulk resulta insípida y parece incluida porque cada película de Spider-Man dentro del MCU necesita la presencia de una figura veterana. Mark Ruffalo cumple con su oficio, aunque el personaje aporta menos de lo que promete. Su participación confirma que incluso la entrega más autónoma de la serie continúa dependiendo de invitados destinados a reforzar el evento.

Algo similar ocurre con Frank Castle. Jon Bernthal posee la dureza necesaria para interpretar a Punisher, pero la mayoría de sus interacciones tiene poco que ver con el hombre presentado en la serie de Daredevil. La clasificación para adolescentes, el humor obligatorio y las restricciones de una superproducción familiar suavizan a un personaje definido por la violencia y el trauma. Su presencia funciona como promoción y guiño, no como una prolongación convincente de su recorrido anterior.

Brand New Day es una película redonda y conoce su destino desde el comienzo. El guion de Chris McKenna y Erik Sommers mantiene una dirección clara, pero añade demasiados ingredientes. Marvel continúa obligada a introducir personajes, anticipar conflictos y dejar abiertas algunas puertas. Ese mecanismo es menos evidente que en otras producciones del estudio, aunque sigue presente. Como consecuencia, ciertas historias presentadas como fundamentales se resuelven casi por arte de magia mediante un par de diálogos.

La acumulación no impide que el relato funcione, pero revela sus costuras. Cada vez que Peter, Juana o la propia ciudad adquieren profundidad, aparece una conexión destinada a recordar que todo forma parte de algo mayor. La película quiere concentrarse en la intimidad de un muchacho solo, mientras la franquicia insiste en convertir cada encuentro en un anuncio. Cretton administra razonablemente esa contradicción, aunque nunca logra eliminarla.

En términos de espectáculo, cumple con todos los apartados esperables de un blockbuster. Tiene un protagonista cercano, una nueva figura con enorme potencial, buenas secuencias de acción y un conflicto emocional comprensible. La fotografía de Brett Pawlak aporta una intención visual distinta, especialmente cuando se aleja de los interiores genéricos y observa la arquitectura urbana. Las imágenes de Nueva York durante los créditos finales terminan glorificando una ciudad que, esta vez, sí posee identidad.

Las peleas son más legibles que en varias producciones recientes de Marvel. Cretton aprovecha la experiencia adquirida en Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos y concede importancia al movimiento dentro del encuadre. No todas las secuencias escapan a la saturación digital, pero existe una preocupación por establecer distancias, alturas y puntos de peligro. Spider-Man vuelve a sentirse como un cuerpo que atraviesa el espacio y no solamente como una figura animada que rebota frente a la cámara.

La película sigue siendo una obra por encargo, sin una voz autoral clara y con escasa valentía para proponer algo verdaderamente nuevo. Está lejos de la libertad formal, el humor, el romanticismo y el sentido trágico que Sam Raimi imprimió a sus películas a comienzos de siglo. Tampoco alcanza a convertir sus conflictos psicológicos en una ruptura con el modelo Marvel. Cuando parece dispuesta a correr un riesgo, rápidamente vuelve a una zona conocida.

Aun así, es mejor que los desaciertos protagonizados por Andrew Garfield, lamentablemente desperdiciado en aquella etapa pese a ser un actor extraordinario. También supera a buena parte de la trilogía de Watts porque entiende algo esencial: Spider-Man no es interesante por sus conexiones multiversales ni por la cantidad de celebridades que puedan acompañarlo. Importa porque Peter Parker debe levantarse cada mañana, ocultar sus heridas y continuar ayudando a una ciudad que nunca sabrá cuánto perdió por ella.

Brand New Day no reinventa al superhéroe ni libera al personaje de la fábrica que lo contiene. Hace algo más modesto, pero necesario: devuelve la atención hacia el joven que lleva el traje. Entre obligaciones comerciales, invitados poco aprovechados y tramas destinadas al futuro, aparece por fin una película preocupada por lo que la máscara protege y también por aquello que destruye.

Ficha técnica

Título original: Spider-Man: Brand New Day
Dirección: Destin Daniel Cretton
Guion: Chris McKenna y Erik Sommers
Personaje creado por: Stan Lee y Steve Ditko
Reparto: Tom Holland, Zendaya, Sadie Sink, Jacob Batalon, Jon Bernthal, Tramell Tillman, Michael Mando y Mark Ruffalo
Dirección de fotografía: Brett Pawlak
Montaje: Nat Sanders, Gina Sansom y Harry Yoon
Música: Michael Giacchino
Producción: Kevin Feige, Amy Pascal, Avi Arad y Rachel O’Connor
Productoras: Columbia Pictures, Marvel Studios y Pascal Pictures
Distribución: Sony Pictures Releasing
Duración: 145 minutos
Año: 2026
País: Estados Unidos
Clasificación: PG-13