
Christopher Nolan es el nuevo Steven Spielberg. No porque sus películas se parezcan ni porque compartan una misma sensibilidad, sino porque su nombre se convirtió en una promesa reconocible para el público. Desde los años ochenta no era habitual que un realizador convocara audiencias masivas sin depender exclusivamente de una franquicia. Nolan es hoy una marca asociada con espectáculo, ambición y cierta garantía de calidad. La Odisea, que superó los mil millones de dólares en la taquilla mundial, confirma la dimensión de ese fenómeno: es una superproducción vendida, ante todo, por la firma de su director.
Después de Oppenheimer, Nolan adapta el poema atribuido a Homero y vuelve a interesarse por una figura decisiva que debe convivir con las consecuencias de su mayor logro. Matt Damon interpreta a Odiseo, rey de Ítaca y autor intelectual del caballo de Troya, quien intenta regresar junto a su esposa Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland) después de diez años de guerra. El viaje, sin embargo, se prolongará durante otra década y lo enfrentará con criaturas, tormentas, tentaciones y territorios desconocidos. Mientras tanto, su hogar queda rodeado por pretendientes que desean ocupar su lugar y apropiarse del reino.
La historia es conocida, pero Nolan encuentra una perspectiva propia: Odiseo no vuelve como un héroe victorioso, sino como un hombre formado y deformado por la violencia. Troya no representa una hazaña gloriosa, sino una atrocidad cometida en nombre del honor, la conquista y la obediencia. La película cuestiona así la separación cómoda entre los héroes y los enemigos: quienes aparecen celebrados por la tradición también son responsables de crímenes y deben cargar con ellos.
Nolan plantea que la victoria militar se transforma, también, en una derrota moral. Odiseo posee inteligencia, liderazgo y una extraordinaria capacidad de supervivencia, pero todas esas virtudes están contaminadas por la guerra. Aprendió a imponerse mediante el engaño, el control y la fuerza; el problema es que esas herramientas, tan eficaces en el campo de batalla, le impiden recuperar plenamente su condición de esposo, padre y gobernante. Su verdadera travesía no consiste en atravesar el Mediterráneo, sino en descubrir si todavía puede existir alguien debajo del soldado.

Nolan extiende esta reflexión hacia los caudillismos. Los reyes conducen a otros hombres hacia la muerte mientras convierten sus decisiones personales en causas colectivas. La autoridad se sostiene mediante relatos de grandeza, lealtades incondicionales y una masculinidad que confunde valentía con dominio. Los subordinados pagan el precio de ambiciones ajenas, aunque también participan en esa maquinaria y terminan reproduciendo sus códigos. La cinta desconfía del líder que populista: incluso el más brillante puede sacrificar a quienes lo siguen y justificarlo como una necesidad histórica.
La guerra tampoco permanece encerrada en Troya. Contamina el mar, los vínculos y finalmente el hogar. Ítaca está atravesada por la disputa del poder, la amenaza contra Penélope y Telémaco y la presencia de Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, quien encarna una forma distinta de violencia: oportunista, arrogante y protegida por la impunidad. Odiseo deberá enfrentar esa degradación con los mismos recursos que aprendió durante el conflicto. Allí aparece la contradicción más interesante de la película: condena la brutalidad, pero construye buena parte de su espectáculo alrededor de ella.
No se trata necesariamente de una incoherencia. Odiseo sobrevive porque sabe mentir, mandar y matar. La fuerza puede resolver una amenaza inmediata, pero deja al vencedor moralmente mutilado y prepara el terreno para nuevas agresiones. Para Nolan, la guerra convierte al ser humano en aquello que necesita ser para sobrevivir y luego le exige que vuelva a comportarse como si nada hubiera ocurrido. Esa imposibilidad constituye la auténtica odisea.
En términos visuales, la película recupera el espectáculo a la vieja escuela. Nolan y el director de fotografía Hoyte van Hoytema rodaron íntegramente con cámaras IMAX y privilegiaron locaciones, embarcaciones, decorados y efectos físicos por sobre la dependencia del fondo digital. El barco utilizado debía navegar realmente y el rodaje se extendió por seis países durante 91 jornadas. Esa materialidad entrega a la imagen una textura excepcional: el agua tiene peso, el viento golpea los cuerpos y los espacios parecen existir fuera del encuadre.

La diferencia con buena parte del blockbuster contemporáneo resulta evidente. Cuando una imagen digital se esfuerza demasiado por parecer real, nuestro cerebro suele identificar con mayor facilidad su artificialidad. Aquí los actores ocupan escenarios concretos, reaccionan ante condiciones físicas y transmiten cansancio. El despliegue no se limita a exhibir presupuesto; busca que el trayecto se sienta incómodo, peligroso y agotador. La música de Ludwig Göransson, construida sin una orquesta tradicional y apoyada en instrumentos como la lira, el aulós y numerosos gongs de bronce, refuerza esa combinación entre lo antiguo y lo moderno.
Damon sostiene la cinta con una interpretación corporal, pero también íntima. Su transformación se vuelve palpable a medida que avanza el relato: el estratega seguro comienza a revelar culpa, temor y desgaste. Anne Hathaway aporta intensidad a Penélope, aunque la escritura de Nolan resulta confusa en este apartado. La presenta como una mujer inteligente, furiosa e independiente, capaz de resistir el asedio político de quienes pretenden sustituir a su marido; sin embargo, su construcción dramática continúa dependiendo demasiado de la figura masculina ausente. La intención emancipadora y el resultado no siempre coinciden.
Tom Holland cumple como Telémaco sin alcanzar una presencia especialmente memorable. Su personaje permite observar el peso de crecer bajo la leyenda de un padre desconocido, pero queda opacado por intérpretes con materiales más contundentes. Pattinson, en cambio, se roba cada aparición como Antínoo. Su trabajo no busca matices redentores: construye un ser despreciable desde el primer momento y hace de esa falta de escrúpulos una fuerza narrativa.
La mayor sorpresa se encuentra en el acercamiento de Nolan al horror. La secuencia de Circe, encarnada por Samantha Morton, abandona por momentos la épica de aventuras y entra en un territorio genuinamente inquietante. El manejo del espacio, los sonidos, los silencios y la amenaza transforma el episodio en el pasaje más tenso y logrado del filme. No es solo un cambio de género, sino una demostración de que el director puede resultar más perturbador cuando contiene el espectáculo y permite que el miedo surja de lo que apenas muestra.

Sus debilidades también son reconocibles. Nolan continúa sin ser especialmente claro al filmar determinadas peleas o secuencias de acción. El montaje fragmenta el movimiento, pierde referencias espaciales y en ocasiones dirige la atención hacia lugares equivocados. La escala es impresionante, pero no siempre se entiende quién ocupa cada posición o cómo se relacionan los cuerpos dentro del enfrentamiento.
También reaparece el Nolan sobreexplicativo. Varias ideas que ya están expresadas mediante las imágenes, las actuaciones o la estructura vuelven a ser formuladas en los diálogos para evitar cualquier ambigüedad. Esa insistencia reduce la capacidad del espectador para completar el sentido y contradice la confianza visual que exhibe la producción. Una película capaz de construir imágenes tan poderosas no necesita verbalizar todas sus conclusiones.
Pese a esas limitaciones, La Odisea funciona. Es una aventura sólida, visualmente extraordinaria y coherente con las obsesiones de su autor: el paso del tiempo, la culpa, el regreso al hogar y los hombres que sacrifican parte de sí mismos en nombre de una causa superior. Nolan vuelve a terrenos conocidos, pero encuentra en Homero un relato adecuado para interrogarlos desde la guerra y sus consecuencias. El resultado entretiene sin renunciar a códigos morales ni a una crítica explícita contra la violencia, la obediencia ciega y los liderazgos construidos sobre la muerte de otros.

Ficha técnica
Título original: The Odyssey
Dirección y guion: Christopher Nolan
Basada en: La Odisea, atribuida a Homero
Reparto principal: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Zendaya, Lupita Nyong’o, Samantha Morton y Charlize Theron
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Montaje: Jennifer Lame
Música: Ludwig Göransson
Producción: Emma Thomas y Christopher Nolan
Productoras: Universal Pictures y Syncopy
Duración: 172 minutos
Año: 2026
Países: Estados Unidos y Reino Unido
Distribución: Universal Pictures