Cultura Zombie

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El subgénero de los zombies, creado por George Romero y el clásico La Noche de los Muertos Vivientes, es interesante de analizar por el subtexto que presenta. Es cierto, tiene todos los ingredientes que los amantes del terror adoran. Pero hay más tras ese análisis superficial.

Los muertos vivientes son los monstruos literarios y cinematográficos que han presentado la evolución más interesante del género, dejando atrás a los clásicos vampiros (hoy transformados en seres depresivos y brillantes) y los engendros científicos, cada vez menos convincentes. Pero los zombies son otra historia, se conectan con la audiencia a un nivel distinto. Más profundo.

El muerto viviente es una mejor metáfora de los miedos presentes en la sociedad que sus socios en el terror. Después de todo, es el más cercano al ser humano. En efecto, solía ser un hombre o mujer común y corriente, devenido en un ente de carne pútrida, reflejando el miedo a la muerte que a todos tarde o temprano nos llega.

Pero también es una caricatura de nuestra propia deshumanización. Cada vez más aislados y desconectados del resto. Si, nosotros somos los zombies que deambulamos por los centros comerciales sin destino, autómatas que se mueven en masa tratando de adquirir lo mismo. No por nada, George Romero en su clásico El amanecer de los muertos vivientes los instala en medio de un mall, escena muy similar a lo que se puede ver a diario en cualquier lugar del mundo.

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Tal como señala, Jorge Fernández Gonzalo (Madrid, 1982), doctor en filología, poeta, ensayista y crítico, auto del libro Filosofía Zombi, describe al engendro “como un ser comunitario que puede, por un lado, perderse en la masa y formar parte de ese grupo sin iniciativas y sin un control verdadero de lo que ocurre, o crear formas más complejas, colaborativas, que puedan desembocar en objetivos comunes. Yo pongo siempre el ejemplo de Anonymus que es una horda zombi cuya finalidad es destronar el poder, subvertirlo u ofrecer un punto de resistencia contra un modelo capitalista que muchas veces consiste en arruinar las expectativas del individuo”.

En ese contexto, Fernández añade que “el zombi da paso a muchas metáforas, creo que esa es su principal virtud frente a otras figuras del imaginario moderno. Lo que nos viene a decir es que lo humano es algo construido, algo incluso accesorio, como una prótesis. Por eso no tiene sentido hoy en día asustarse por esa relación entre el hombre y la máquina: el ser humano ya era algo incompleto que necesitaba de la cultura, de sus mitos, incluso del lenguaje para construirse, y hoy está encontrando esa construcción en la máquina”. Finalmente, destaca que el zombi capitalista corresponde a “ese modelo de ser humano alienado por la sociedad”.

También los conceptos de competitividad hacen eco en la evolución del zombi. En los 60, en sus inicios, se movía lento, siendo peligroso solo cuando se movía en masa. En una era de marchas y protestas de grandes convocatoria, las luchas se tomaban su tiempo y requerían de gran cantidad de adeptos. Hoy, el muerto viviente es veloz y fuerte, peligroso por sí mismo. Propio de una cultura caníbal en lo económico, en que prevalece la ley del más fuerte y el éxito inmediato.

Finalmente, en una era de individualismo y sin ideologías, la figura del zombi como extensión de la vida es también un planteamiento inquietante. Cuando el dinero y el poder está por sobre la trascendencia espiritual, la promesa de Dios se desfigura y ya no se traduce en un estado de bienestar, sino que en una forma menos agradable, en un ser que vive y se mueve, pero se encuentra despojado absolutamente de la conciencia y del alma.

Vivimos en una cultura zombificada, que todos aceptamos sin mayor cuestionamiento. Una era en que vivir parece nada más que un mero trámite y en que la masa no pensante ofrece el mejor sistema de control para quienes lideran los cambios políticos y sociales del planeta.

Las películas y series de zombis pueden seguir siendo entretenidas, pero a la luz de estos análisis, son ahora más espeluznantes.

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