Rebecca v Rebecca

Si bien Rebecca está basada en una novela, escrita por Daphne Du Maurier, la versión cinematográfica de Alfred Hitchcock tiene vida más allá de las letras. Un clásico del séptimo arte, la primera cinta del maestro en Estados Unidos, un film que hace 80 años desafiaba los convencionalismos y es una clase de cine de autor. Ver esta película en pleno 2020 sigue siendo un verdadero placer.

No se puede decir lo mismo de la nueva versión de Rebecca, estrenada en Netflix y que es dirigida por Ben Wheatley. Ya existían intentos por hacer remakes de las películas de Hitchcock y ninguno ha resultado muy bien, como fue el caso de la deplorable Psicosis de Gus Van Sant del año 98. Pero me atrevería a decir que es Rebecca 2020 el más pobre intento de igualar la maestría narrativa del querido Alfred.

Sin anestesia: la Rebecca de Wheatley es la antípoda de la joya del 40. Pareciera que nada funciona en esta película: ni el ritmo, ni el elenco, menos aún la dirección. Si algo destaca son los parajes y el vestuario, la producción en general. Pero hasta las obras de arte de Homero Simpson se pueden vestir elegante y seguir siendo basura.

Rebecca de 1940 es un film de suspenso, un thriller que esconde un tórrido romance, al más puro estilo de Cumbres Borrascosas. Pero lo que hace Hitchcock es sublime. No solo escoge a un elenco fantástico encabezado por Lawrence Oliver como Maximilian de Winter y Joan Fontaine, la segunda señora de Winter, un ser tan minúsculo que ni siquiera tiene nombre. También es capaz de crear atmósferas tan potentes que impregnan a quien está frente a la pantalla.

Hitchcock juega con las dimensiones, poniendo a esta pequeña mujer en salones gigantescos, en donde el fantasma de la difunta Rebecca (la primera esposa de Maxime) se siente. Los planos, los movimientos de cámara, el ritmo de edición, pura gramática visual que no falla nunca. Si algo genera esta Rebecca, la buena, es una sensación permanente de angustia y tensión.

La Rebecca mala, por el contrario, no genera nada más que bostezos. No hay fuerza vital en ninguno de los planos de Wheatley. Menos aún en las actuaciones de los protagonistas, los que no son unos aparecidos. Armie Hammer (Maximilian) y Lily James (la segunda esposa) son tan planos como el mismo film. No transmiten absolutamente nada. Aún más lastimoso es el desempeño de Kistin Scott Thomas como la mítica señora Danvers, interpretada originalmente por una perfecta Judith Anderson.

Lo cierto es que desde los primeros minutos Wheatley evidencia que el desafío lo superó rápidamente. En donde Alfred insinuaba, Ben es explícito. Cuando vemos que juega con imágenes oníricas (pesadillas) para trasmitir al espectador el agobio de la segunda señora de Winter, sabemos que ha fallado miserablemente.

Wheatley al menos no intenta replicar la escena más memorable del film de 1940, que es cuando Maxime relata los últimos momentos de Rebecca, un instante tan magnífico al que no se le puede hacer justicia en palabras. Quizás este acto podría redimirlo, pero lo que hace con el final es francamente vomitivo.

Lo único bueno de una cinta tan pobre como ésta es que obligará a muchas personas a revisitar la obra maestra de Hitchcock y descubrir al mayor genio en la historia del séptimo arte.

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