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Cuando se anunció Brightburn, bautizada por estos lares como Hijo de la Oscuridad, llamó poderosamente la atención su propuesta. Una vuelta de tuerca a la historia de Superman. No, la película no se trata de Clark Kent, pero se entiende a leguas de que va. Un niño cae a la Tierra, es adoptado por granjeros y en su adolescencia ve como sus poderes se manifiestan. Claro que en la historia dirigida por David Yarovesky y producida por James Gunn, el muchacho se vuelve en una terrorífica amenaza para su pueblo, familiares y amigos.

En una industria plagada de cine de superhéroes muy formulero y complaciente con el espectador, la apuesta apadrinada por Gunn (director de Los Guardianes de la Galaxia) asomaba como un soplo de aire fresco, ocupando el lugar que dejó vacío el retraso en el estreno de Los Nuevos Mutantes. Y nada mejor para hacer temblar los convencionalismos que tomar la historia que lo originó todo. Brightburn es el negativo del Superman de Richard Donner de 1978. Como un film espejo, Yarovesky copia el relato paso a paso, incluso después del momento en que el muchacho, lejos de seguir el ejemplo del bonachón de Clark Kent, opta por usar sus poderes para hacer realidad sus propios caprichos y vengarse de quienes no se ajustan a sus expectativas o deseos.

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Lamentablemente este Superman maligno nunca despega del todo. El relato se vuelve plano y repetitivo desde la mitad del metraje, que dedica su primera hora a un sutil pero efectivo estudio de personajes. Pero cuando abandona esa premisa, momento del despertar del muchacho, es cuando se desarma y se transforma en un film simple y poco creativo. Falla además en la tarea de asustar o inquietar. Y eso ocurre principalmente porque no terminaron de desarrollar por completo a los personajes centrales, especialmente a Brandon Breyer, el adolescente súper poderoso interpretado por Jackson A. Dunn.

Para ser una película de bajo presupuesto, la ambientación y los efectos especiales funcionan bastante bien. El elenco de actores también cumple, especialmente el trío central encabezado por Brandon y sus padres Kyle (David Denman) y Tori Breyer (Elizabeth Banks). Pero como ya se mencioné, los personajes involucionan y se vuelven menos interesantes a medida que avanza la historia. Todo se vuelve errático y se cambia el estudio psicológico por el efectismo de un supervillano decidido a vengarse, muy en la fórmula comercial de este subgénero.

A pesar de decepcionar en el análisis total, Brightburn se deja ver sin mayores problemas. No sobresalta, no asusta, no emociona y no convence. Pero tampoco ofende. Solo queda la sensación de que una idea tan buena mereció ser mejor ejecutada.

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