
La quinta temporada de Stranger Things llega con la promesa de cerrar un ciclo que marcó a buena parte del público global durante casi una década. Su estreno parcial expone una paradoja: la serie sigue siendo un fenómeno cultural, pero ese fenómeno ya no se sostiene por la calidad de la obra, sino por la necesidad de participar en una conversación colectiva. Stranger Things dejó de ser una propuesta fresca y emotiva para transformarse en un ritual de pertenencia, más cercano al consumo obligado que al entusiasmo genuino. Lo novedoso de sus inicios quedó atrás, y hoy la serie parece atrapada en su propio reflejo.
Los hermanos Duffer continúan al mando del proyecto, con Shawn Levy en producción ejecutiva y el elenco original de regreso: Millie Bobby Brown (o como se llame esta semana), Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp, Winona Ryder y David Harbour, entre varios nombres conocidos. Netflix promociona esta temporada como el gran cierre, aunque la estrategia de dividirla en tandas evidencia una planificación orientada a prolongar el impacto mediático más que a fortalecer el relato. La campaña publicitaria, cuidada y masiva, recuerda que la serie es una de las marcas más importantes del catálogo de la plataforma; sin embargo, la fuerza del símbolo no alcanza para compensar una historia que parece avanzar por inercia.
La sinopsis oficial describe el escenario de manera directa: Hawkins enfrenta su amenaza definitiva tras el colapso entre dimensiones, mientras el grupo intenta reunirse y comprender el alcance real del plan de Vecna. Las líneas argumentales convergen lentamente en una narrativa que gira en torno al desgaste emocional de los personajes, la ruptura de su cotidianidad y la inminencia de un conflicto decisivo. El problema es que esta sinopsis adelanta más energía de la que realmente posee el desarrollo de los primeros episodios. La sensación dominante es el estancamiento, no la urgencia. Las piezas se mueven, pero sin sorpresa.
La serie ya no juega con el misterio ni con la tensión progresiva; prefiere explicarlo todo. Maya Hawke encarna el síntoma más visible: su personaje verbaliza cada pista, cada giro, cada intención, como si la serie desconfiara de la capacidad interpretativa del público. El exceso de diálogos explicativos rompe el ritmo y esteriliza la atmósfera. El terror, si alguna vez fue un componente relevante, queda reducido a ilustraciones de manual. La aventura juvenil, que en la primera temporada funcionó como homenaje fresco a Stephen King, ahora se siente como una repetición de códigos gastados.

La saturación ochentera, que alguna vez fue una herramienta de identidad, perdió capacidad de evocación. Durante los primeros años, el guiño nostálgico era suficiente para generar complicidad, pero hoy la cultura pop de los ochenta se encuentra tan explotada que el homenaje dejó de ser homenaje. La serie compite con obras que adaptan directamente a King, como Welcome to Derry, y frente a esas propuestas, su encanto referencial pierde peso. Stranger Things se quedó sin su truco principal. Lo que alguna vez fue un gesto amoroso hacia una estética reconocible, hoy parece apenas un estilo automático.
Otro problema es la abundancia de personajes. La producción insiste en mantener a todos, pese a que muchos ya no tienen función dramática. No es una decisión creativa, sino comercial: los actores son populares, tienen contratos importantes y poseen comunidades activas en redes sociales. La consecuencia es un relato disperso, con escenas que rellenan y poco aportan. La serie protege demasiado a su elenco, al punto de que el debate público gira en torno a “quién morirá”, como si la trama dependiera únicamente de ese morbo. El suspenso se reduce a apostar por un impacto extratextual, no por el desarrollo interno de la historia.
Todo esto se refuerza en la estructura prolongada de los episodios. Netflix mantuvo la idea de capítulos extensos, algunos casi de largometraje. La duración no se justifica en el contenido, que podría avanzar con mayor precisión si la edición fuera más rigurosa. La fatiga narrativa se siente tanto en los personajes como en los espectadores. Los propios Duffer reconocieron en entrevistas que existe quieren cerrar con desesperación el ciclo, pero la plataforma necesita que la conversación continúe durante meses. Esa tensión entre intención creativa y necesidad comercial se nota en cada esquina de esta temporada.

El apartado técnico sigue siendo sólido. La música mantiene el protagonismo con decisiones acertadas de Kyle Dixon y Michael Stein, cuyo sintetizador vuelve a dar cohesión a escenas que, sin ese apoyo sonoro, perderían fuerza. Sin embargo, es difícil evitar la idea de que también el aspecto técnico vive de su propia nostalgia: rescata lo que ya funcionó, sin explorar caminos nuevos.
Al final, esta quinta temporada se siente como un “gran meh”: correcta en su ejecución, pero vacía en su aporte. Lo que se valora ya no es la historia, sino la continuidad del fenómeno. Stranger Things dejó de depender de su calidad para sostenerse; hoy basta con existir. La conversación gira en torno al mito, no al contenido. Eso no significa que el cierre no pueda mejorar, pero los episodios estrenados confirman que la serie está más preocupada de sobrevivir a su propio peso que de innovar.
Ficha técnica
- Título: Stranger Things 5
- Creadores: Matt Duffer, Ross Duffer
- Producción ejecutiva: Shawn Levy, Dan Cohen, Iain Paterson
- Elenco: Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp, Winona Ryder, David Harbour, Maya Hawke, Sadie Sink, Joe Keery
- Música: Kyle Dixon y Michael Stein
- País: Estados Unidos
- Distribuye: Netflix
- Año: 2025
- Formato: Serie, primera tanda de episodios (volumen 1)
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