Leaving Neverland: la dolorosa y definitiva caída del ídolo

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Yo, al igual que muchos cuarentones, crecí con Michael Jackson. Puede sonar a lugar común, pero es la verdad. Antes de los Transformers, antes de Robotech, antes de mi gusto por el rock, el cine y los comics, Jacko –uno de sus apodos-estaba ahí. Probablemente todo comenzó con la presentación de Thriller en el Magnetoscopio Musical conducido por Rodolfo Roth. La memoria es cada vez más difusa a medida que profundizamos en el pasado, pero estoy seguro de que la aventura zombie, el traje rojo, el baile frenético de los no muertos me cautivó de inmediato. Era el año 1983 y tenía nueve años.

Era un poco mayor que Wade Robson a la hora de conocer al cantante. Él es uno de los protagonistas del documental Leaving Neverland transmitido por HBO el pasado fin de semana. El relato de Wade, que ganó fama por un talento casi sobrenatural para el baile y que a los 16 años ya coreografiaba a Britney Spears, nos cuenta que a los siete años su héroe, el ídolo de millones, el mismísimo Michael Jackson, le pedía hacerle sexo oral y lo masturbaba en su cama. El cantante lo llamaba Little One (mi pequeño) y lo tuvo durmiendo junto a él por más de un año, con la venia de su madre.

James Safechuck rozaba los diez cuando protagonizó el comercial de Pepsi que lo reunió con su ídolo. La historia es similar. Jackson primero conquistó a su familia, después logró meterlo a su cama. Para dormir y comer cabritas (popcorn si usted no vive en Chile), ver películas como Las Tortugas Ninja, esas versiones de bajo presupuesto que aparecieron a finales de los 80 en nuestros videos clubes de barrio. James, temblando ante la cámara, recuerda sus encuentros especiales, donde el sexo era la norma. “Éramos como esas parejas que recién comienzan una relación. Lo hacíamos mucho y seguido”, dice. En un bizarro relato, le explica a la audiencia que incluso tuvieron una boda, en que los votos de ambos destacaban que estarían juntos para siempre. Hasta guarda el anillo de compromiso.

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Lo que acabo de relatar es solo la punta del iceberg. Casi como teaser de lo que el documental de Dan Reed nos presenta. Las imágenes no son lo fuerte ni mucho menos explícitas. No hay recreaciones de eventos. Es prácticamente un reportaje de vieja escuela, con dos entrevistas que van intercalando experiencias de las víctimas (o como dicen los medios más tradicionales, supuestas víctimas), generando al espectador un relato coherente. Es, al menos lo que yo sentí. La historia era plausible y pegaba con  una lógica devastadora. El golpe es, por supuesto, aún mayor para quienes nos consideramos fan del artista. De aquellos que, como dije al principio, crecimos y maduramos al ritmo de Billie Jean, de Bad y Black or White.

La onda expansiva de los efectos de abuso no se detiene y sigue afectando a dos personas que en el documental se perciben destruidas, confundidas aún, porque no saben si lo que sienten es amor o ira por Michael Jackson. Esa especie de superhéroe que no quería crecer, que hablaba como un niño, que se movía con una energía eléctrica en el escenario que nunca se ha vuelto a ver. Alguien que al igual que el flautista de Hamellin, atraía principalmente a los más pequeños. Una persona que “generaba una confianza casi inmediata”, según relata una de las madres.

Tenemos todos los elementos a mano. La verdad es que mi simpatía por el cantante y su obra no disminuyó después de los mediáticos juicios ocurridos a principios de la década pasada. Por supuesto esa sensación se acrecentó después de su muerte el año 2009. Incluso sentí lástima por un ser humano notablemente disminuido, que a sus 50 años era una caricatura de sí mismo, un hombre bizarro que era mejor observar de reojo. Pero había una verdad judicial, que señalaba que era inocente de los cargos de abusos de menores. Que las pijamadas que tenía con niños menores de diez años eran expresiones de afecto sin malicia.

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Nuestro amigo Jacko no podía ser un monstruo horrible. No podía serlo. ¿Cierto?

En lo personal, ya con más años encima, la imagen de la pijamada me despertaba dudas en esa parte de mi cerebro que apela a la lógica pura. No es normal, no es sano, no puede ser. Algo malo pasa allí. Pero existía una verdad judicial, que se adaptaba de forma perfecta a lo que queríamos pensar. Necesitábamos creer que el ídolo era inocente. Leí con detalle la biografía del cantante, buscando algún indicio, algo que sacara de mi cabeza la duda. Encontré la razón detrás de la rareza. Los abusos de su padre, que desde muy temprana edad lo golpeaba y lo obligaba a ensayar hasta que prácticamente desfallecía. Eso era, no es culpable.

Pero nada de eso explicaba las pijamadas.

Víctor Gutiérrez, periodista chileno, fue el primero en presentar un libro donde detallaba los abusos que Michael Jackson había cometido contra Jordie Chandler, uno de los favoritos del cantante y que es mencionado varias veces en el documental por James. Más datos para un relato de pesadilla que se hacía cada vez más coherente. En periodismo siempre existe la máxima de corroborar todo por tres fuentes distintas, ese triunvirato siempre da el sustento final para una historia. Woodward y Berstein, los periodistas que destaparon el Watergate para el Post, lo saben bien.

En este caso, las tres fuentes coinciden.

La negación, la misma que uno percibía antes de ver el documental, aparece de forma gráfica y agresiva por parte del fan acérrimo y hasta peligroso. Aquel que se siente dueño de la obra y la persona. Con un discurso tan parecido al de personajes como Trump, Bolsonaro, Juan Antonio Kast y otros, que destilan odio y carecen de razones. Para ellos, los villanos son los abusados. Ni siquiera escuchan los testimonios, no son capaces de reflexionar, de analizar. En última instancia dejar espacio para la duda y argumentar partiendo de esa base. Es preocupante la ausencia absoluta de empatía ante el sufrimiento de otro y la facilidad para condenar y extender así la tortura.

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Creo que a estas alturas está claro que le creo a James y Wade. Antes miraba para el lado, me tapaba los oídos y mandaba a dormir la neurona cuestionadora que por formación entrenamos los periodistas. Pero creo que los relatos son coherentes, la historia que presentan es creíble y es capaz de hacer lo que ningún otro documental había logrado: hacerte ver que lo que tratabas de normalizar es absolutamente aberrante. No es la evidencia la abrumadora –no, no lo es y en estos casos nunca lo será- es la coherencia del relato. Es una estructura tan sólida que es muy complicado derribarla.

Pijamadas. Un hombre de 40 años en fiestas de pijamadas con chicos de siete. Dormía con ellos. Los padres los dejaban. ¿A alguien más esta secuencia de hechos no le parece algo incorrecto? ¿Si no fuese Michael Jackson, de verdad estaría defendiendo algo así? ¿Algún lector lo permitiría?

Los más viejos recuerdan cuando el Cóndor Rojas confesó que se cortó la ceja en el Maracaná en el 89. Después de leer la nota, desprovistos de la pasión fetichista de la bandera y el hinchismo, observamos una vez más el video de los hechos y ahí estaba, claro como el agua el momento en que con su guante se corta en la frente. Lo mismo me pasa al ver el saludo de cumpleaños que Jackson le envió a James por su cumpleaños. Está la manipulación, la actitud lasciva. Tan claro y evidente.

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Es triste y complejo que esta verdad salga a la luz en los tiempos de la post-verdad, en donde existen demasiadas voces más preocupadas de obtener likes y de hablar primero por sobre relevar los hechos. El ruido hace mucho más difícil escuchar lo importante, contrarrestar las versiones, encausar la discusión en lo que de verdad importa y no en una defensa corporativa a una imagen, una caricatura que solo conocimos en la televisión.

Mi única certeza es que el amigo Jacko despareció. Cuando veo a Michael Jackson veo un pedófilo tan astuto que se moldeó para transformarse en una carnada difícil de resistir para niños y adultos. Para los pequeños, un personaje perfecto de fantasía que aspiran ser, para los padres la promesa de fama y dinero.

Como todos los grandes héroes y las más importantes leyendas, Jackson había logrado vencer la muerte y ser inmortal. Pero es muy probable que a partir de ahora, esa inmortalidad esté unida a la infamia para siempre.

Leaving Neverland ya está disponible en la plataforma HBO GO.

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