
Los últimos cuatro episodios de la quinta y final temporada de Stranger Things confirman una sensación que ya se arrastraba desde el primer bloque de esta despedida: la serie no llega a su cierre por convicción narrativa, sino por obligación industrial. Lo que alguna vez fue una propuesta fresca, atmosférica y contenida, hoy se despide con un final rápido, predecible y sorprendentemente pobre en sustancia dramática.
La historia avanza sin rodeos ni riesgos. Hawkins enfrenta su última amenaza, los personajes cumplen funciones ya asignadas y los conflictos se resuelven más por inercia que por construcción dramática. No hay grandes giros, revelaciones que reordenen el relato ni decisiones que incomoden al espectador. Todo ocurre como se esperaba, incluso antes de que la serie lo subraye con diálogos explicativos que parecen desconfiar permanentemente de la atención del público.
Ese es, quizás, el problema central de este cierre: Stranger Things asume que no está siendo mirada con atención. La serie parece diseñada para un espectador distraído, más pendiente del teléfono que de la pantalla. Cada cinco minutos se recuerda lo que ya vimos, se verbalizan emociones que deberían emerger de la actuación y se explicitan motivaciones que antes se sugerían con encuadres, silencios o gestos. Para quienes sí ponen atención, el resultado es francamente exasperante.
Narrativamente, estos episodios finales se sienten improvisados. Las buenas ideas —si es que aún quedaban— se agotaron en la cuarta temporada, que al menos intentó una expansión tonal y un mayor compromiso con el horror. Aquí, en cambio, el conflicto avanza sin peso específico y se resuelve con una rapidez que contradice la duración excesiva de los capítulos. La épica prometida nunca termina de materializarse, y cuando lo hace, carece de impacto.

Los personajes, uno de los mayores activos de la serie en sus inicios, llegan a este final convertidos en caricaturas. Muchos están sobreactuados, otros simplemente desdibujados. Sus arcos narrativos son incompletos, irrelevantes o directamente inconsistentes con lo que se había construido previamente. Hay agujeros de guion difíciles de justificar incluso bajo la lógica fantástica del relato, y decisiones que parecen tomadas solo para cerrar tramas pendientes, no para darles sentido.
La excepción —y no es menor— es el epílogo. Allí, por primera vez en mucho tiempo, se percibe un trabajo hecho con genuino cuidado por parte de los hermanos Duffer. Sin estridencias ni explicaciones innecesarias, ese cierre íntimo de los personajes logra transmitir algo parecido a emoción real. No reescribe lo anterior ni salva la temporada, pero sí demuestra que aún existía la capacidad de cerrar con humanidad, si se hubiese querido.
¿Es este el peor final de una serie? No necesariamente. Pero sí es coherente con lo que Stranger Things ha sido durante gran parte de su recorrido: una producción irregular, que brilló con fuerza en su primera temporada, encontró un segundo aire en la cuarta y pasó el resto del tiempo intentando replicar una nostalgia ochentera que nunca terminó de comprender del todo. La influencia de Stephen King, tantas veces citada, fue más estética que conceptual; más guiño que comprensión profunda del terror, la infancia o la pérdida.
En ese sentido, este final no traiciona a la serie: la representa. Es mediocre, funcional y calculado. Un producto que cumple con la lógica de Netflix hasta el final, privilegiando la repetición, la sobreexplicación y la comodidad por sobre el riesgo creativo. Como diría Marge Simpson, efectivamente, este es un final y basta.

Ficha técnica
Serie: Stranger Things
Temporada: Quinta (episodios finales)
Creación y dirección: Matt Duffer y Ross Duffer
Producción: Netflix
Género: Ciencia ficción, terror, drama
País: Estados Unidos
Reparto principal:
Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Sadie Sink, Winona Ryder, David Harbour