Megalópolis: el delirio final de Coppola

La llegada de Megalópolis no puede leerse sin considerar la grandeza previa de su director, Francis Ford Coppola, un nombre mítico, artífice de cumbres como El Padrino, El Padrino II, La conversación y Apocalypse Now. Por eso escribir sobre su nueva obra supone un acto de tensión: por un lado, está el respeto reverencial a su legado; por otro, la necesidad de juzgar con honestidad su aspiración más reciente.

“Megalópolis” es, ante todo, una fábula. Ambientada en una América imaginaria, en una megalópolis llamada “New Rome”, evoca la decadencia de Roma y la desfiguración de ideales cuando el poder y la codicia se entrometen. En ese contexto encontramos a César Catilina (Adam Driver), un arquitecto visionario, creador del revolucionario material “Megalon” y dotado de la extraña capacidad de detener el tiempo. Su ambición es alumbrar una urbe utópica, una ciudad renovada que resista al caos y al deterioro moral. Su antagonista es el alcalde Franklyn Cicerón (Giancarlo Esposito), figura conservadora que privilegia lo práctico, el lucro fácil y el statu quo. Entre ambos se debate el destino de la ciudad. Se suman intrigas personales: traiciones, pasiones y resentimientos, relaciones rotas, amores prohibidos y traiciones.

Ese conflicto alberga un potencial enorme: arquitectura vs. poder, idealismo vs. pragmatismo, utopía vs. corrupción. Temas que, en un director de la talla de Coppola, podrían redondear una obra profunda. Y, en efecto, hay momentos en que su mirada —la de un cineasta venido a menos, desafiante y resuelto a construir su sueño sin concesiones— logra penetrar: hay planos con ambición visual, con un sentido barroco del simbolismo, donde la grandeza decadente de Roma revive en rascacielos, luces y sombras. Es en esos instantes cuando se siente la huella de un maestro —no otro.

Sin embargo, esa ambición desmedida termina por asfixiar la película. “Megalópolis” parece querer abarcar demasiadas dimensiones —política, fantasía, romance, sátira, mitología, ciencia ficción— sin otorgar prioridad real a ninguna. Catilina detiene el tiempo al inicio y ese talento casi metafísico se vuelve irrelevante para el desarrollo posterior. La ciudad, al mismo tiempo, no encuentra una temporalidad clara: parece un presente distópico, un futuro posapocalíptico, una fantasía atemporal. Y en ese caos de estilos, el espectador se pierde: ¿quién es realmente el protagonista?, ¿qué busca la película?

Cuando la narración se decanta hacia la intriga financiera, los intereses de poder y la corrupción —temas pertinentes, sí— lo hace con torpeza. Las escenas de sexo, dinero y decadencia carecen de tacto; resultan grotescas, casi de serie B. Las actuaciones, en su mayoría, oscilan entre la caricatura exagerada y la frialdad mecánica. Adam Driver, en su papel protagónico, parece más a la espera de un guion coherente que convencido de su personaje; Shia LaBeouf actúa con histrionismo, mientras que Aubrey Plaza asume quizá el rol más afinado con la locura del conjunto. Y figuras legendarias como Dustin Hoffman o Laurence Fishburne terminan reducidas a cameos que poco aportan al conjunto.

La frustración que provoca “Megalópolis” no es menor. Es el gastado privilegio de contemplar a un grande inventando libremente, pero sin red. Coppola financió este proyecto con su propio dinero —unos 120 millones de dólares— para mantenerse alejado de las restricciones de los grandes estudios. Esa libertad, que en otro contexto podría ser celebrada, aquí deviene en indulgencia: un director envejecido que se da todos los gustos, sin necesidad de pulir, explicar o estructurar.

Quizás —y solo quizás— “Megalópolis” consolide un estatus de obra de culto: ese tipo de películas que se revaloran con el paso del tiempo, que muchos conciben como un fracaso incomprendido, otros como un exceso admirable. Pero en esta primera mirada, el saldo es más doloroso que esperanzador. El filme no logra conciliar su ambición con su forma, y termina convertido en un laberinto de ideas abortadas, más cercano a un experimento fallido que a una revelación.

En definitiva: “Megalópolis” es el testamento de un cineasta históricamente inquieto, consciente de su leyenda y decidido a dejar su huella final. Pero más allá del gesto romántico, lo que queda en la pantalla es una desgracia estética: una oportunidad desperdiciada, un exceso que se desborda antes de confluir. Y, por desgracia, un film de Coppola que duele criticar.

Ficha técnica

  • Título original: Francis Ford Coppola’s Megalopolis: A Fable
  • Dirección y guion: Francis Ford Coppola
  • Reparto principal: Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight, Laurence Fishburne, Talia Shire, Dustin Hoffman
  • Fotografía: Mihai Mălaimare Jr.
  • Música: Osvaldo Golijov
  • Duración: 138 minutos
  • País: Estados Unidos