
En un panorama cinematográfico saturado de remakes y reinterpretaciones, Guillermo del Toro se atreve a mirar de frente al mito fundacional del terror moderno: Frankenstein. Pero no lo hace desde el susto fácil ni la nostalgia superficial. Su versión, estrenada mundialmente en el Festival de Venecia y disponible en Netflix desde el 7 de noviembre de 2025, es una obra monumental que combina el respeto por el texto de Mary Shelley con una sensibilidad contemporánea que lo transforma en una fábula moral sobre el abandono, la redención y el dolor de existir.
La historia, ambientada en la Europa del Este del siglo XIX, sigue al brillante y egocéntrico científico Victor Frankenstein (Oscar Isaac), quien, obsesionado con vencer a la muerte, logra crear una criatura (Jacob Elordi) ensamblada con partes de cadáveres. Sin embargo, al ver el resultado, lo rechaza, desencadenando una tragedia que se despliega con intensidad emocional y visual.
La sinopsis oficial de Netflix lo resume así: “El ganador del Oscar Guillermo del Toro adapta el clásico relato de Mary Shelley sobre un científico brillante y la criatura que engendra con su monstruosa ambición. La criatura, que posee fragmentos y recuerdos de hombres diferentes, está decidida a entregarse a la ira luego de que le negaran experimentar el amor.”

Del Toro, fiel a su estilo, se aleja de la visión tradicional del monstruo como amenaza. Aquí, la criatura es un niño que aprende a vivir observando la crueldad humana. Su evolución emocional es el eje del relato, y Jacob Elordi logra una interpretación contenida, íntima y profundamente conmovedora. En contraste, Oscar Isaac encarna a un Victor Frankenstein teatral, arrogante y desbordado, en una actuación que, aunque deliberadamente exagerada, sirve para subrayar la distancia emocional entre creador y creación.
Del Toro no se limita a adaptar; reescribe con respeto. Introduce nuevos personajes, como el doctor Pretorious (Christoph Waltz), un magnate enfermo que financia los experimentos de Victor con la esperanza de trasplantar su conciencia a un nuevo cuerpo. Este giro, aunque ajeno al texto original, permite explorar con mayor profundidad los dilemas éticos del relato y da mayor densidad a los protagonistas.
La puesta en escena es, como era de esperarse, deslumbrante. Con una estética gótica cuidada al extremo, sets construidos artesanalmente y un uso mínimo de CGI, el director mexicano reafirma su compromiso con el cine hecho a mano. La fotografía de Dan Laustsen y la música de Alexandre Desplat elevan cada escena a un nivel operático, donde el horror se mezcla con la belleza y la tragedia.
La secuencia de creación de la criatura, concebida como un vals visual, es una muestra del virtuosismo de Del Toro. Aquí, el director se permite una licencia poética: la criatura nace en medio de una celebración, un instante de júbilo que contrasta con el rechazo inmediato que sufrirá.

La narrativa se divide en tres actos: un preludio helado en el Ártico, donde la criatura persigue a su creador; el relato de Victor, que reconstruye su vida marcada por el dolor y la ambición; y el relato de la criatura, que expone su aprendizaje, su decepción y su búsqueda de amor.
La película no escatima en mostrar la violencia, pero lo hace desde la perspectiva de la criatura, que solo responde a la agresión. En este sentido, Del Toro reconfigura el mito: el monstruo no es quien mata, sino quien es empujado a hacerlo por un mundo que lo rechaza. La capacidad de regeneración de la criatura, una adición original del director, le otorga una dimensión trágica: no solo fue creado sin consentimiento, sino que tampoco puede morir.
Mia Goth interpreta a Elizabeth Harlander, prometida del hermano de Victor, William (Felix Kammerer), y también a Claire Frankenstein, madre del protagonista. Esta doble rol, que roza el complejo de Edipo, añade una capa psicológica inquietante al relato. La muerte accidental de ambos personajes, lejos de la deliberada venganza del libro, refuerza la idea de que el verdadero monstruo es el creador, no su obra.
El legado de Frankenstein en el cine es vasto: desde la icónica versión de James Whale en 1931 hasta el fallido intento de Kenneth Branagh en los 90. Sin embargo, Del Toro logra lo que parecía imposible: una adaptación que respeta el espíritu del original, pero lo renueva con una mirada profundamente humana.

La película es también una reflexión sobre la ciencia y la tecnología en tiempos donde el avance parece magia. El paralelismo entre Victor Frankenstein y los técnicos que crean sin medir consecuencias es evidente. Del Toro, crítico de la inteligencia artificial, ha declarado que prefiere morir antes que usarla en sus obras. Su Frankenstein es, en ese sentido, una advertencia: jugar a ser dios sin asumir responsabilidades puede tener consecuencias devastadoras.
Es irónico que una película tan visualmente poderosa haya sido financiada por Netflix, lo que condena a muchos espectadores a verla en casa. Aunque tuvo un estreno limitado en cines el 17 de octubre, su llegada global fue el 7 de noviembre en la plataforma de streaming. Solo gigantes como Netflix o Nolan pueden permitirse producciones de este calibre, pero el medio de exhibición no le hace justicia.
Aun así, Frankenstein se impone como una de las grandes películas del año. Una experiencia cinematográfica que nos enfrenta con nuestras propias sombras, nuestras heridas y nuestra necesidad de aceptación.

Ficha técnica
Título original: Frankenstein
Dirección: Guillermo del Toro
Guion: Guillermo del Toro, basado en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley
Producción: Guillermo del Toro, J. Miles Dale
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Dan Laustsen
Montaje: Evan Schiff
Diseño de producción: Tamara Deverell
Vestuario: Kate Hawley
Duración: 149 minutos
Género: Terror, ciencia ficción, drama gótico
Idioma: Inglés
Países: Estados Unidos, México, Reino Unido
Distribución: Netflix