
El género del terror es, desde siempre, uno de los espacios más fértiles para la experimentación cinematográfica. Suelen ser películas de bajo presupuesto, lo que libera a sus realizadores para probar fórmulas poco convencionales, como vimos en obras tan distintas entre sí como Hereditary o Midsommar, o bien revisitar los códigos del horror clásico desde nuevas perspectivas, tal como hizo Smile. Pues bien, Good Boy encaja a la perfección en esta definición: más que una historia convencional de fantasmas, es un ejercicio visual arriesgado—y que a la postre sale bien.
La película, dirigida por Ben Leonberg en su ópera prima, coescrita junto a Alex Cannon, narra el arribo de Todd (Shane Jensen) y su perro Indy (interpretado por el propio perro del director, un Nova Scotia Duck Tolling Retriever) a la antigua casa familiar ubicada en un entorno rural. En apariencia una mudanza tranquila, la secuencia gestora del relato pronto descubre que esa residencia abandonada no es simplemente un escenario fotogénico, sino un espacio cargado de presencias extrañas que el can capta antes que su humano.
Desde ese punto de partida, Leonberg decide dar un vuelco conceptual al contar la historia desde la altura del perro, colocando la cámara y el punto de vista a la altura de Indy, minimizando al ser humano como eje activo, y elevando al animal como testigo —y, en cierto modo, protagonista emocional— de los efectos del horror. Esta decisión estilística no es meramente estética: funda toda la propuesta, y permite que el espectador sienta, de un modo algo más primario, lo que el perro ve, olfatea o intuye. No estamos frente a un “perro parlante” que toma protagonismo humano; por el contrario, Indy reacciona con una mezcla confusa de sorpresa, temor, lealtad y desconcierto, y eso dota al film de una tonalidad singular.
En ese sentido, la lectura que el propio planteamiento sugiere puede resumirse así: el miedo a la enfermedad (en el caso de Todd, que sufre una dolencia pulmonar crónica) y el temor a la pérdida, convertidos en presencias metafísicas que se materializan a través de la casa, los sonidos y los espacios subterráneos. El can ve sombras, escucha susurros, detecta trampas (como las que coloca el vecino Richard) e inicia una exploración sensorial, mientras Todd se hunde lentamente en un estado de debilidad y confusión. La cámara baja al suelo, el humano se difumina en el encuadre, y el mundo pasa a ser para el perro. Esa inversión de roles es inquietante, efectiva, casi radical.
Contemplando estos elementos, se aprecia que narrativamente Good Boy no es complicadísima: su trama es de hecho bastante simple y directa. Un perro y su dueño en una casa maldita, presencia oscura, tormenta interior y exterior, ¿qué más? Pero la sencillez es precisamente parte de su virtud, ya que la propuesta gira menos en torno a la multiplicidad de arcos argumentales y más en torno a la experiencia sensorial, al desplazamiento de la mirada, al componente de atmósfera. La historia podría sentirse corta—y lo es, pues su duración ronda los 73 minutos—pero en su desenvolvimiento transmite una sensación de amplitud temporal, de estiramiento lento del mal.
Ahora bien: no todo es perfecto. Precisamente esa apuesta por la forma sobre el antagonista, por la mirada sobre la motorización del conflicto humano, hace que la segunda intención —la de la pérdida, del duelo, de la enfermedad— quede algo difusa. Cuando el protagonista es el perro, la dimensión cognitiva de su sufrimiento resulta menos accesible al público que si fuera un humano que verbaliza o interioriza. Por tanto, la película puede quedarse corta en elaborar más explícitamente el drama humano subyacente. Pero más allá de ese matiz, la película funciona. La cámara a ras de suelo, el perro que explora, ese encuadre atípico del horror —lejos de jump-scares rápidos, más bien impregnado de tensión visual—, logran un tratamiento original que merece atención.
Como experimento visual —y lo repito: no “película-de-mascotas”, ni comedia familiar— Good Boy se erige como una de las propuestas más destacadas del terror reciente que se atreve a mirar desde otra altura. Sí, quizá el relato humano es efímero, quizá el arco de redención o de catarsis resulta más implícito que explícito, pero la experiencia global cumple. Sentir miedo desde el cuerpo de un perro es una idea poco común, y Leonberg la hace posible y coherente. En ese sentido, esta obra demuestra que en el horror los sujetos pueden cambiar — y con ello cambiar también nuestra forma de mirar.
Ficha técnica
- Título original: Good Boy
- Dirección: Ben Leonberg
- Guion: Ben Leonberg y Alex Cannon
- Reparto principal: Indy (como él mismo) · Shane Jensen (Todd) · Arielle Friedman (Vera) · Larry Fessenden (abuelo) · Stuart Rudin (Richard)
- Fotografía y montaje: Ben Leonberg
- Música: Sam Boase-Miller
- País: Estados Unidos. Idioma: inglés.
- Duración: aproximadamente 73 minutos