Marty Supreme: Todo o nada, sin pausas

El primer trabajo en solitario de Josh Safdie no puede leerse sin considerar el trayecto previo junto a su hermano Benny Safdie. Durante más de una década construyeron una de las duplas autorales más reconocibles del cine estadounidense reciente, con películas que hicieron de la urgencia, la cámara en mano y el vértigo emocional su marca distintiva. En títulos como Good Time y Uncut Gems, ambos desarrollaron relatos de tensión sostenida, donde el espectador queda atrapado en la espiral autodestructiva de protagonistas incapaces de frenar. Marty Supreme recoge esa herencia y la somete a una prueba decisiva: ¿qué ocurre cuando esa maquinaria estética y narrativa ya no es un trabajo a cuatro manos, sino la afirmación individual de un cineasta que decide pulir su sello sin renunciar a él?

La respuesta es coherente y, en varios pasajes, estimulante. Ambientada en los años cincuenta, la película sigue a Marty Mauser, un campeón de tenis de mesa que no responde al molde clásico del héroe deportivo. No es Rocky ni Daniel LaRusso; no hay pureza moral que facilite la empatía inmediata. Mauser es talentoso, sí, pero también mezquino, obsesivo y profundamente egoísta. Su búsqueda de grandeza lo empuja a un ciclo de decisiones impulsivas que lo aproximan al abismo y arrastran consigo a quienes orbitan a su alrededor. El relato, más que celebrar el ascenso de un underdog, examina la fragilidad ética de alguien que cree que el triunfo justifica cualquier costo.

En ese trayecto se percibe con claridad la transición autoral. Si junto a Benny Safdie el nervio dramático se construía como una descarga constante, aquí Josh conserva la intensidad, pero introduce momentos de mayor respiración. Hay más aire que en Uncut Gems, aunque la experiencia sigue siendo emocionalmente extenuante. El montaje mantiene la precisión quirúrgica necesaria para que cada estallido multiplique la tensión, y la puesta en escena reafirma ese gusto por los primeros planos que capturan la ansiedad en estado puro. La diferencia radica en un pulido formal que evidencia un presupuesto más amplio y una ambición de escala mayor, sin diluir la incomodidad como principio creativo.

Timothée Chalamet encarna a Mauser con una entrega total. Su composición evita cualquier atajo sentimental: lo hace intenso, desagradable, carismático por momentos e insoportable al siguiente. Esa inestabilidad permanente transforma la película en una experiencia exigente, donde el espectador debe decidir cuánto está dispuesto a acompañar a alguien que no siempre merece respaldo. El actor comprende que el interés del personaje no está en la redención fácil, sino en su capacidad para tensar los límites de lo correcto y lo ético sin caer en la caricatura.

Junto a él, un reparto variado aporta matices clave: Gwyneth Paltrow encarna a Kay Stone, una figura de la escena cultural que intersecta con la ambición de Marty; Odessa A’zion aparece como Rachel Mizler, una presencia que ofrece un contrapunto emocional a la toxicidad de Mauser; y nombres como Abel Ferrara, Kevin O’Leary, Fran Drescher y Tyler, the Creator aportan colores y texturas adicionales al mosaico humano que rodea a la figura central.

La recreación de los años cincuenta funciona tanto en forma como en fondo. No es un decorado complaciente, sino un contexto que subraya la obsesión por el éxito y la fama en una época que glorificaba el triunfo individual. La banda sonora, con una impronta más cercana a los años ochenta que al período retratado, introduce una disonancia calculada que refuerza la historia. Lejos de romper la coherencia, esa elección dialoga con la identidad estilística que Josh Safdie consolidó junto a su hermano y ahora reafirma en solitario.

El desenlace puede sentirse algo convencional en comparación con el trayecto previo, pero el recorrido hasta allí sostiene una intensidad dramática de gran vuelo. Marty Supreme confirma que la ruptura creativa no implicó un abandono de principios, sino una reafirmación. Josh Safdie demuestra que la energía nerviosa, la exigencia actoral y el montaje vertiginoso que definieron su etapa con Benny no eran el resultado de una casualidad compartida, sino la expresión de una convicción estética que hoy asume plenamente como propia. Aquí no hay concesiones: se trata de un cine que incomoda antes que reconforta, que obliga a involucrarse y que entiende la grandeza no como un destino luminoso, sino como una tentación capaz de devorar a quien la persigue.

Ficha técnica
Título: Marty Supreme (2025)
Director: Josh Safdie
Guion: Josh Safdie y Ronald Bronstein
Protagonistas: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’zion, Kevin O’Leary, Tyler Okonma, Abel Ferrara, Fran Drescher
Música: Daniel Lopatin
Fotografía: Darius Khondji
Duración: ~150 min
Distribuidora: A24
País: Estados Unidos